Wednesday, November 18, 2009
RESPUESTA DE CAIN / joseph avski
(*)
De pronto, cuando llegó tu carta, tuve la impresión de que no estaba muerto. Hermano, diles que no sé cómo responder a todas sus preguntas. Ha pasado tanto tiempo y no sé si las respuestas existan.
El pasado es ilusión y no creo que valga la pena ahondar en él como piden. A lo sumo existe la memoria pero es falible y humana. Tampoco existe el regreso, las calles y la gente ya no son, si acaso una vez fueron. El exilio es mi casa. La habito como a un palacio nuevo, en el que el inquilino está en ruinas.
Si alguien pregunta de nuevo por qué me fui, dile que no sé qué vine a buscar pero de cualquier forma no lo he encontrado. Aclárale que ahora no vivo desesperado y que en las palabras de San Agustín encuentro consuelo. Ahora, cuando me despierto en las noches, en una cama vacía, o borracho sobre el cemento de la calle, no me ataca la angustia de muerte de antes: el infierno es una indiferencia seca en la que no se me da ni el amor ni el odio.
A ellas diles que no las recuerdo y que de ninguna manera gastaría mi memoria en recordarlas. Que no las he dejado de querer, simplemente nunca las quise. Que si no las lastimé, lo siento, y que procuraré hacerlo en cuanto tenga la oportunidad. Diles que tengo el corazón seco como una piedra, y es eso lo único que puedo agradecerles.
¿Quiénes creen que tenía algo importante que decir? Diles que no es cierto, y que si lo fuera, no lo diría, lo guardaría dentro para llenar este vacío. A los que preguntan si escribo, diles que sí, pero que lo hago sin fe, como un títere, como un autómata. Ahora soy crítico, escribo como académico, y hablo de otros, y no digo nada. Me limito a repetir. Diles que en las noches de vino me río de mis viejas pretensiones de escritor y sólo me consuela el sexo desprovisto de cualquier sentimiento. Diles que gracias a eso escribo mejor, porque lo hago con la frialdad de un matemático y con la conciencia de que nunca seré bueno. Antes sentía vergüenza por ganarme la vida así pero ya no me importa. A los que te preguntaron por los proyectos de los que alguna vez les hablé diles que pertenecen a otro hombre del que tengo muy pocos recuerdos.
No sufro. Los dolores son cada vez menores o me importan menos. En las tardes de lluvia veo caer las gotas con la misma indiferencia con la que veo a una señora gorda pasear con su perro. Comparto mi vida con gente que no odio en demasía. La primera ocasión en que odié de verdad desvié la mira de mi arma y vi caer a nuestro hermano a mis pies, muerto. La segunda ocasión en que odié de verdad di un paso atrás por el vértigo que me produjo sentir que estaba vivo. No extraño nada ni a nadie por fuera de esta ciudad oscura, excepto tu amistad, hermano.
Diles que no soy feliz, si crees que a alguien lo haga feliz escucharlo. A Laura, dile que fue mi única esperanza y mi única razón, pero que ahora no buscaría recuperarla, como tampoco la vida de Abel. Si pudiera recuperar algo sería la fe en Dios. Dile, si la ves, que por fin comprendí que la desolación no es un castigo si no un premio, y que cuando la recuerdo no viene a mí la imagen del amor, si no la de la piadosa lujuria. Que a pesar de haber sido lo más importante en mi vida nunca fuimos felices. Tiene razón: por un instante la felicidad pareció posible, pero nada nos dice que no fue una ilusión o un sueño. Aclárale que hizo bien en dejarme y huir de esta ciudad maldita. Si te pregunta de nuevo, pero sólo si pregunta de nuevo, no le mientas, confiésale que sí maté a Abel, que me arrepiento de lo que hice pero no puedo decir que no lo volvería hacer. Por último dile que no me voy, que este es mi lugar, la ciudad del norte, la ciudad de los traidores. Cuando te hable no la dejes culparse, no es cierto que ella sea la causante de mi derrumbe: la ruina la llevo por dentro. Después nunca vuelvas a hablarle de mí.
A los viejos amigos diles que los quiero y los extraño, aunque no sea cierto. Explícales que no puedo volver por que encontré un lugar en el mundo y que si vuelvo no me reconocerían. Que vivo con el viento en las velas y que la felicidad no me da tregua. Dales un abrazo a todos y cuéntales, y esto sí es cierto, que cuando me voy a la cama golpeado por el alcohol sólo pienso en las noches en que recorríamos cantando los callejones atestados de bares. Cuando estén llorando porque la embriaguez no les dé para más, diles que con ellos, y sólo con ellos, he sido feliz.
A ti, mi hermano, te digo que lo he perdido todo y eso me da la tranquilidad de saber que no tengo nada que perder. No soy feliz pero para nada soy desdichado. Estos años no habrían sido distintos si no los hubiera pasado en esta ciudad de hombres rubios. Vivo, hermano mío, como una flor entre dos piedras del desierto.
Joseph Avski (Medellín, 1980). En 1996 se gradúa del colegio la Salle, Montería. En el año 97 entra a estudiar física en la Universidad de Antioquia. En el 2006 entra a estudiar una maestría en Creative Writing en la Universidad de Texas en El Paso. Durante ese tiempo escribe las novelas "El corazón del escorpión" y "El libro de los infiernos", y el guión cinematográfico "Trópico de Cartagena" basado en los últimos años de la vida de Raúl Gómez Jattin. En 2009 "El corazón del escorpión" fue galardonada con el IX premio de novela de la Cámara de Comercio de Medellín. Actualmente realiza un doctorado en Hispanic Studies en Texas A&M University.
(*)Fotografia: De la serie: Capturas Pasadena, Ca. Luis Carlos Ayarza
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