Se dice de tal personaje que pretendió leer/ver/escuchar todos los libros/imágenes/melodías ineludibles de este mundo. Primero, los catalogó imprescindibles en tanto correspondieran a nuevas resonancias, lenguas lanzadas hacia el límite que delira. Luego, ya completada la magna empresa, e intuyendo el final, se dedicó a armar gramáticas de esas lenguas. Gramáticas sostenidas en el quiebre, el fragmento que todo lo despliega.

Tuesday, November 24, 2009

PAJARO VIOLENTO [Fragmento I] /enrique rodríguez araujo




En la Galería Nacional Nueva se inauguraba una exposición de tres autores. Quedó de encontrarse allí, con Mariana, a las ocho de la noche. Amalia salió tres horas antes para irse a pie. A las cinco de la tarde, con el cielo despejado, la luz solar le daba cuerpo a cada cosa en la ciudad. No era la suma limpia y cegadora de estructuras aplanadas bajo el rayo meridiano sino el conjunto de formas definidas, individualizadas una junto a la otra gracias al efecto de las sombras y los colores. Los rayos maduros del sol se comportaban como millones de pinceles especializados en un solo tipo de paleta cada uno. La vista podía dedicarse a la contemplación, incluso a la búsqueda de salpicaduras violáceas o sanguíneas en las perezosas y alargadas nubes que se dibujaban, inexpresivas antes bajo el imperio solar del medio día, como fingiéndose asombradas del accidente cromático que las ornaba.
Sin temerle al vértigo o a la herida solar Amalia miraba el cielo, las plantas altas de las mejores casas o la cima alfilerada de los edificios, tupida y caótica si se trataba de obras negras, suma escasa de alzamientos emisores si de azoteas terminadas.
Desde la avenida, la fachada del Teatro Azul (pintada de blanco) brillaba con un reflejo que a veces era amarillo. Los ventanales alargados espejeaban lanzando erizos de luz que se encendían y se apagaban mientras avanzaba por la acera. Bajo la estructura, separada del suelo por delgados pilares cilíndricos, los vendedores ambulantes exhibían sus baratijas de colores sobre telas rectangulares que imitaban la textura de la seda y el terciopelo, a bordo de cochecitos para bebé, o en mesas plegables sobre las cuales se abrían cajas de madera compartimentadas que permitían cierto atiborramiento jerárquico de las chucherías. Todo aquello invadía el lugar como si a la sombra le hubiesen engastado de mala gana un surtido de vitrales coloridos.
Prefirió elevar la mirada y sostenerla sobre el ancho tubo de luz que iluminaba el salón principal del teatro, y sobre la baranda de hierro que ascendía con la rampa –invisible desde abajo– hasta la ventana cuadro que enmarcaba un fragmento de los cerros lejanos.
Algunas colegialas de saco rojo, sueltas las cabelleras al viento como flamas de ébano, se asomaban a la calle desde la plataforma superior.






Enrique Rodríguez Araujo (Bogotá, 1974). Aunque estudió varios semestres de derecho y comunicación social, egresó de la facultad de literatura en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. En el 2008 publica "Héroes", su primera novela. Actualmente se prepara la publicación de su segundo libro: Pájaro violento.

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