(*)Fotografía por: Andrés Alcalá durante viaje a Venecia en Octubre 2007.
Tuesday, November 24, 2009
NOTAS DE UN VIAJERO TARDÍO / luis carlos ayarza
Rutina de sedentario antes del café y la ducha. Desplazamiento de apenas unos pasos. Enciendo el computador, y el mundo –debería quizá decir mi mundo– se despliega en una serie de interfaces dispuestos a mi medida: correos, clases, blogs, noticias, libros, música, trabajos y conversaciones pendientes, imágenes, sonidos, voces, escrituras... materia digital que diluye la luz de la mañana.
De pronto se produce un sobresalto. Una noticia desencadena el terror del viajero tardío, el súbito temor de no alcanzar a llegar a los lugares antes de que cambien y se conviertan en espacios que operan, ya bien dentro un restringido número de códigos visuales que los uniformizan y aplanan, o en espacios que al no tener más un referente físico se vuelven exclusivamente literarios o fílmicos: La Habana, esplendorosa, previa a la revolución, o la Bogotá invernal con gente enfundada en abrigos y sombreros. La esencia se pierde en su rastro.
La noticia es sobre la muerte de Venecia. Según el artículo a la ciudad le quedan menos 60.000 habitantes. Poco a poco, arrinconados y desplazados por el caudal de turistas que día a día inunda las calles, los residentes permanentes se han marchado en busca de lugares económicos y tranquilos donde puedan tener una opción de vida diferente al turismo.
El artículo continúa; los pobladores que permanecen hicieron un entierro simbólico de la ciudad. Para ellos Venecia ha muerto. ¿Será que la ciudad finalmente se ha extinguido, transmutándose en una especie de museo curado por las dinámicas del marketing y las vicisitudes del turista?
Las ciudades-signo, aquellas que trascienden su espacio físico y se extienden en la escritura y la imagen, poseen una especie de inmortalidad. Su naturaleza fantasmal y su comportamiento viral les permiten, al impregnar la mente, transformarse y transformar la mirada. Entonces cuando se llega a ellas se presenta un lugar prefigurado, mezcla de los referentes que se han sedimentando y traslapado, ya sea por orden de acceso o por intensidad.
Es cierto que esto ocurre con cualquier lugar del que tengamos alguna referencia previa, pero cuando los códigos se producen fortalecidos y multiplicados este efecto de ciudad nómada se potencia, pues está construida con pisos fílmicos y paredes escritas que prefiguran la mirada del viajero con una profundidad casi indeleble. Así, estas ciudades-signo serán cada vez otras, pues han sido mediadas por miradas detenidas en el detalle, y entrenadas para capturar las texturas subyacentes en la superficie.
Sin embargo, el sedimento físico previo debe prevalecer; la ciudad de la que emanan estos flujos de imaginarios debe continuar existiendo como tal para que el viaje no sea una visita de museo. Este sedimento es la vida misma de la ciudades, su día a día. Incluso los destinos turísticos albergan una vida paralela que mantiene la continuidad histórica. Si no hay habitantes permanentes, y por el contrario aparece una población flotante, las ciudades se vuelven locaciones pasajeras y difusas. Albergues de souvenirs fabricados en otras latitudes que sin una dimensión profunda comienzan a evaporarse.
No hay planes próximos de viaje; mi versión de la ciudad aún no está alterada por el lugar físico. Mi Venecia es la Venecia invernal de Brodsky. Las otras: las de Morand, la de Thomas Mann –y su magnífica extensión en Visconti y Malher–, la Venecia sonora de Nooteboom, la iluminada por Turner e incluso la de Woody Allen, son todas prolongaciones de ella. "En invierno, especialmente los domingos, te despiertas en esta ciudad con el repiqueteo de sus innumerables campanas, como si detrás de las cortinas de gasa un gigantesco juego de té vibrara sobre una bandeja de plata en el cielo gris perla”, escribe Brodsky en Marca de agua.
El miedo no es entonces la imposibilidad de ver la arquitectura que obsesionaba a Canaletto. Sino justamente ser incapaz de presenciarla. Llegar a ella siendo parte de los flujos de turistas que buscan vorazmente algo que ya se fue –paradoja del souvenir y del tour que uniformiza–. Mirada destinada a ver algo donde ya no hay nada. Temor a que el agua ya no refleje la historia, o tal vez, como dice también Brodsky, el espíritu de Dios, “En cualquier caso, siempre he creído que si el espíritu de Dios aletease sobre la superficie de las aguas, éstas deberían reflejarlo. De ahí mi atracción por el agua, sus pliegues, arrugas y remolinos...”, y en cambio sí la repetición serial del turista.
(*)Fotografía por: Andrés Alcalá durante viaje a Venecia en Octubre 2007.
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