Se dice de tal personaje que pretendió leer/ver/escuchar todos los libros/imágenes/melodías ineludibles de este mundo. Primero, los catalogó imprescindibles en tanto correspondieran a nuevas resonancias, lenguas lanzadas hacia el límite que delira. Luego, ya completada la magna empresa, e intuyendo el final, se dedicó a armar gramáticas de esas lenguas. Gramáticas sostenidas en el quiebre, el fragmento que todo lo despliega.

Wednesday, December 02, 2009

DAVILA O LA MORDACIDAD REACCIONARIA / pablo de cuba soria


(*)

El colombiano Nicolás Gómez Dávila es de esos pensadores que bien pueden figurar en un inventario de raros. Darío, estoy casi seguro, lo habría incluido. El autor de Escolios a un texto implícito ha permanecido ignorado casi totalmente por la crítica creo que por tres razones posibles. Primera, debido a una escritura sostenida en un pensamiento explícitamente reaccionario, hecho que en los países hispanos, por lo general regido por instituciones de poder de izquierdas, suele suceder. Segunda, debido al tipo de género que cultivó: el aforismo y el ensayo fragmentario. Tercera, gracias a su carácter apartado de las luces de la publicidad. Dávila, coherente hasta en forma de vida con su pensamiento, fue un retirado de la mediocridad mundana. El mundo, al igual que para Borges y otros delicados, fue su biblioteca. Su mordacidad reaccionaria se formó en el conocimiento del saber libresco, leyó sin cansancio hasta hacer del Verbo creador parte de su espíritu, por eso le asistieron –si cabe– pocas certezas: “si las palabras no reemplazan nada, sólo ellas completan todo”. Un pensador que sostenga que “la madurez del espíritu comienza cuando dejamos de sentirnos encargados del mundo”, delatando una visceral cosmovisión reaccionaria digna de un espíritu trascendente, jamás podría caer bien en tales estructuras de poder con etiquetas emancipadoras que rigen las instituciones en Hispanoamérica. He aquí su manifiesto reaccionario, en el que se distancia de todo fundamento historicista de la realidad:
Para el pensamiento reaccionario, la verdad no es objeto que una mano entregue a otra mano, sino conclusión de un proceso que ninguna impaciencia precipita. La enseñanza reaccionaria no es exposición dialéctica del universo, sino diálogos entre amigos, llamamiento de una libertad despierta a una libertad adormecida.
Dávila, como todo reaccionario auténtico, fue un fascinado del tiempo anterior a la Historia: “los hombres se dividen en dos bandos: los que creen en el pecado original y los bobos”. El escepticismo permea toda su escritura, pero es una desconfianza hacia la acción humana, no así hacia la acción divina. “Depender sólo de la voluntad de Dios es nuestra verdadera autonomía”. Su pensamiento, coincidiendo también con Murena, se sustentaba en sólidas bases teológicas. Eso sí, un principio de divinidad para nada mojigata. En Dávila gravita la idea de la ruptura de Dios con lo humano en el momento de la expulsión, de la misma manera que lo muestra Miguel Ángel en la Capilla Sixtina: los dedos que irremediablemente se alejan, incompatibilidad de esencias, escisión que se profundiza con el paso de los siglos. De ahí que el pensador colombiano diga “ser consciente del fracaso, de la imposibilidad final de todo empeño. La conciencia del hombre es conciencia de su impotencia, es conciencia de su condición”. En otro nivel, su incredulidad hacia la era democrática, sea de color comunista o capitalista, lo lleva a concluir que todo fundamento democrático deviene “una progresiva posesión del mundo”. Siempre la Historia como un cíclico movimiento de posesiones. En las actitudes modernas también percibe otro maquillaje de la farsante constante que es la Historia: “Las almas modernas ni siquiera se corrompen, se oxidan”. Todo reaccionario deviene un exiliado profundo, un exiliado incorruptible; Dávila no fue la excepción: pensó desde una necesidad de exilio, pero un exilio de tiempo, de precisamente de geografías.
La escritura de Dávila se sustenta desde una mordacidad reaccionaria pero a la vez irónica. Un practicante de la causticidad lúdica; aforismos como “en cada hombre liberado, un simio adormecido bosteza, y se levanta”, lo ejemplifica. Aspiraba a lo estático del ser, indiferentes de transformaciones y revoluciones posibles. Supo detectar el tufo que entraña todo proceso que se jacta de revolucionario: “Toda revolución agrava los males contra los cuales estalla”. Dávila fue un convencido de la insignificancia metafísica de cualquier tipo de reforma social o posible progreso, por eso, como señala Cioran “los reaccionarios quisieran ahorrar a la humanidad los desgarramientos y las fatigas de la esperanza, las angustias de una búsqueda ilusoria: que se satisfaga con lo adquirido, le declaran, que abdique de sus inquietudes y descanse apaciblemente en la felicidad del estancamiento, y que, optando por un estado de cosas irrevocablemente oficial, escoja por fin entre el instinto de conservación y el gusto por la tragedias”. A ese desiderátum ontológico aspira Gómez Dávila, a una oficialidad de lo divino.




(*) Imagen
: Primera edición de El Paraiso Perdido de John Milton. Se encuentra en Henry E. Huntington Library and Art Gallery, San Marino, California.

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