Se dice de tal personaje que pretendió leer/ver/escuchar todos los libros/imágenes/melodías ineludibles de este mundo. Primero, los catalogó imprescindibles en tanto correspondieran a nuevas resonancias, lenguas lanzadas hacia el límite que delira. Luego, ya completada la magna empresa, e intuyendo el final, se dedicó a armar gramáticas de esas lenguas. Gramáticas sostenidas en el quiebre, el fragmento que todo lo despliega.

Tuesday, December 01, 2009

EL ANGEL / richard tamayo nieto

(*)


Yo era movimiento puro en aire nuevo, un vocabulario de luz azul y huesos blancos. Yo era una historia contada sin el ancla de la forma.

Julia De Pree (2004: 35)



Seamos precisas. Puedes llamarme Ana, pero no en el sentido en que le pones nombre a alguien… o a algo.

Recuerdo que sonreí la primera vez que escuché el nombre de una operación de guerra. Tormenta del desierto. Esa noche sentí el alivio de saber que ciertos nombres no son más que claves precisas para nombrar lo impreciso. Como cuando alguien me dice ‘cuida tu cuerpo’ y no puedo estar segura de qué es lo que quiere decir con eso, a qué objeto se refiere. Siempre me ha incomodado la facilidad con que la gente habla de su cuerpo como si fuese algo, de modo que dicen ‘mi cuerpo’ y creen que efectivamente poseen una cosa, una herramienta.

Al contrario de la gente ordinaria, siempre he sentido que es el cuerpo quien me posee, quien me asalta. Él se entromete, con su procesión hormonal, en mis pensamientos más puros. Frío, siempre frío y mustio, se inyecta en mis planes y programas. Me impone su rosario de vulnerabilidad. El vulgo, religioso, le teme a los espíritus que puedan llegar a introducirse en su cuerpo, pero yo, que soy puro espíritu, pura elevación, sólo me espanto ante la invasión del espíritu por el cuerpo. Sólo lloro su abusiva intrusión, el estado de sitio al que me somete.

Seamos precisas: la gente es esclava de las glándulas y los sucios fluidos corporales. Yo, que no soy gente, soy esclava del espíritu, porque no soy nada más que idea, arquetipo, patrón. Soy Ana, no del modo en que nombras un objeto material, sino como cuando el demonio le dice a Cristo que lo llame Legión. Yo, como Legión, también soy un ángel, el ángel anoréxico, aquel que trae la catástrofe al olor, la viscosidad y la podredumbre del cuerpo. El definitivo ángel exterminador.

‘Cuida tu cuerpo’ es el eslogan de la ramplonería contemporánea. Lo repiten tus padres, tus amigos, tu novio, tu médico, tu psicólogo, tu psiquiatra, tu dietista, tu entrenador, tus ‘profes’, los noticieros, las revistas y periódicos, las tontas modelos de ropa interior. ¿Acaso no te das cuenta?: “somos prisioneros del gusto de nuestros amigos” (citado por Uca, 2004: 167), nuestros padres, nuestros amantes. Ellos, bajo el deshonroso pretexto del amor, nos imponen el cuidado de un cuerpo según su deseo, diseñado para su gloria y placer. Ellos quieren una tierra donde ejercitar su pérfido juego de caricias y miradas. Ana, en cambio, te dice ‘cuídate del cuerpo’, no te dejes vencer por sus horarios, sus ciclos, sus quejas, su pudor, su debilidad. Ana es la fuerza que te hace superior a la corrupta materia corporal, cómplice de la dominación, puta de las necesidades. Yo soy la programada renuencia que te liberará de ese cuerpo que te quieren imponer bajo la excusa de la autoestima. Siento decirles que es precisamente mi amor por mí misma lo que me impulsa a suprimir el cuerpo que ustedes me imponen, porque ese cuerpo no está hecho a la medida de mi espíritu y, antes bien, lo rebaja, lo clausura.

“Control, austeridad, persistencia y resistencia son los cuatro pilares de Ana que no están escritos” (Ibíd.: 74) y ahora te confieso. Controlar las compuertas del cuerpo, todas las vías de incorporación, todas las rendijas por donde la carne hace posible que se inmiscuya más carne. Ser austero, severo y sobrio en el programa de control. No queremos matarnos, sino vencernos. Persistir en el programa, insistir en el deseo de neutralizar el deseo, a pesar de los dolores del hambre, del frío, de los mareos. Cada dolor será la prueba de que estás aún viva y hay una nueva sensación por dominar. Resistir, en fin, a todo lo que de ti hay del mundo que deseas suprimir. Si quieres deshacer el mundo que te agobia hay que resistirse siempre, en primer lugar, a sí mismo.

Combativa, así será tu vida. Combatirás al agresor oculto que cuela en los alimentos, las palabras, los gestos. Lucharás contra esa bestia punitiva que se esconde en cada demanda, en cada deseo y que, “en realidad, ningún esfuerzo individual parece matarla. Hasta cierto punto, esta bestia castigadora existe bastante independientemente de la conciencia; es parte del aire que respiramos, parte de la tierra bajo nuestros pies, un entero universo que la mujer llega a conocer simplemente por el hecho de ser mujer” (Knapp, 2004: 115).

Palmo a palmo, gota a gota, milímetro a milímetro, vigilarás las variaciones de tu carne, sus pliegues, mesetas, cavidades y ranuras. En cada punto del mapa de tu hambre se expresan las modulaciones del deseo, de tu lucha. Eres una orfebre de la carne y tu espíritu es la fuerza que transforma el material orgánico.

Debes, sobre todo, estar al tanto de los signos que circulan, se detienen y atrincheran en la piel. Ellos te indicarán a cada instante si tu programa de liberación va por buen camino. Sé que es difícil distinguir qué de tu piel te pertenece a ti y qué le pertenece al mundo, porque


[…] la piel es imposible, la piel hace que se encoja el corazón, la piel es un área tan problemática en su estado natural que requiere su propio vocabulario; necesita ser revitalizada, hidratada, pulida, tonificada, equilibrada, contorneada, afirmada, rellenada, diariamente defendida. Hay que controlar el brillo, minimizar las diminutas líneas, detener el envejecimiento, evitar que se oxide; necesita todo, menos un título universitario (Ibíd.: 122).


Yo te enseñaré a leer las comisuras de tu carne. El Braille de la geografía corporal. La lectura táctil de las expresiones de tu deseo.

¿Lenguaje de la enfermedad? Seguro, si la patología es la lengua de la afección, el régimen expresivo de la sensación. Para nosotras, el pathos es nuestro ethos: “la salud ya no es una opción” (citado por Uca, 2004: 176), puesto que ser saludable es entregar tu vida a la manipulación familiar, biomédica, psiquiátrica, mediática y estatal. Tu salud es el motor de una nación mezquina, el bienestar de un Imperio Administrativo de Modulación Corporal que envenena tu deseo a través de tu carne. “Cuando eres sana, y por ende deseada, debes negociar las intrusiones de las palabras, las manos, los pitos que suenan y la mirada. La inanición te permite salir del juego y conocer tu mente y sus deseos” (De Pree, 2004: 56). La salud es ignorancia, debes enfermar para saber con qué cuentas, cuáles son tus armas, cuál es tu real capacidad de transformación.

A estas alturas, ustedes creen que me mato, pero abdicar a su cuerpo es la verdadera muerte. Estoy enferma, “pero viviré con esto todo el tiempo que sea posible. Reluctante” (citado por Uca, 2004: 205).

¿Por qué se aferran a su cuerpo como si de la vida se tratase?, ¿por qué equivocan cuerpo y vida?, ¿es que acaso no se dan cuenta de toda la tristeza que trae consigo la condena corporal?, ¿por qué tenemos cuerpo en lugar de nada? Es el cuerpo lo que te violan, lo que te juzgan, lo que te maltratan, lo que te ensucian ¿Para qué reducirte al cuerpo como lo hace la gente común? Debemos aceptar que el cuerpo no es más que “una especie de acontecimiento infinitamente despreciable e inestable” (Valéry, 1992: 398) en el orden de la vida. Él es aquello que pone en peligro tu vida, eso que te piden los demás para hacerte igual de torpe a ellos.

“Dios, quiero ser taaan putamente flaca para ser invisible y que nadie me note” (citado por Uca, 2004: 176), para circular, confundida con el viento, entre las cosas.

Seamos precisas. Yo no soy una persona, soy una práctica. Una ascesis. Una fuerza de elevación espiritual que busca llenar de refinamiento a una sociedad que sólo conoce la vulgar norma de la silueta corporal. Un anacronismo, tal vez, pero mi espíritu carga voces que no conocieron los siglos pasados. La muerte de Dios nunca significó la muerte del espíritu, sino su inclusión en otra forma. Yo, “como los gnósticos que me precedieron, sigo creyendo en mi capacidad para lo divino” (Grant, 1996: 3), y si no se puede comer un pastel sin perderlo, protegeré lo que deseo renunciando al mundo, esto es, a mí misma. “Esta es la verdadera virginidad. La virgen simplemente espera –a veces impaciente, a veces reticente– sobrevivir al juego del deseo. El cuerpo virgen sabe perfectamente en lo que se está metiendo” (De Pree, 2004:10-11).

Soy el ángel perseguido. Terra, Yahoo y toda la falsa conciencia que gestiona la web me quieren fuera de sus servidores. Soy tan hostigada como los hackers y los terroristas porque, como ellos, muestro al mundo su propio suplemento perverso.

Soy el ángel difamado. Te han hecho creer que soy apenas una víctima de la moda y la vanidad. ‘Víctima’, “como si la enfermedad fuera totalmente involuntaria o hasta contagiosa” (Brumberg, 2000: 18). Pero soy la victimaria. Lucho por demostrar que es posible ser alguien por fuera de esa precaria forma de la belleza que te imponen.

Soy el ángel asediado. ‘Come, come, come, come, come’. Pero ninguno de los que te piden comer se haría cargo de los devastadores efectos que ello tiene.

Soy el ángel abandonado a su propio criterio. “Hay magia cuando sigues luchando más allá de tu resistencia, la magia de darlo todo por un sueño que nadie más ve aparte de ti…”.

Llámame Ana. Y disculpa por hablar tanto, es que “sé que si no hablo, como” (Knapp, 2004: 195).




Richard Tamayo Nieto (Colombia, 1978). Maestro en Filosofía de la Pontificia Universidad Javeriana, profesor e investigador, editor freelance. El texto aquí publicado hace parte de su investigación de maestría titulada "Elevar el ancla de la forma: Biocapitalismo y anorexia".



(*) Ilustración: "Ana" por Luis Eduardo Álvarez Marín (Bogotá, Colombia, 1982). Estudios en Educación Artística en la Universidad Distrital de Bogotá. Se dedica a ilustrar los recuerdos de los libros o los mitos que acompañan su existencia.


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