
El enigma de lo oscuro, tan inescrutable en Occidente, donde lo estético va de la mano de la luminosidad y la opulencia. La palabra de José Kozer forma haces de luz entre la sombra, se conforma y deforma en un baile tenue entre brillos medidos que difuminan la oscuridad y la matizan; contenido y forma, como luz y sombra, no son pues antitéticos ni complementarios, sino que cobran una nueva dimensión que vive por sí sola y trasciende el marco de la página. Nos llegan las imágenes a ráfagas, de un modo en apariencia descontrolado; pero a medida que el poema avanza y nos embauca con su cadencia, su sonido, su repetición —como un río, a veces meandro y a veces torrente, pero río al fin—, nos deja impregnada una experiencia imborrable, abierta pero definitiva.
“(…) Hui-neng se sosiega,
sosegado especula
sobre la base del
sosiego, pasos a
dar para alcanzarlo,
sobre todo sostenerlo,
y sostenido ver vaciarse
cercano a la plenitud
del Vacío, riñones,
recto, glándulas
salivares, las cerebrales
circunvoluciones.”
Utiliza el autor la sintaxis con artes de calígrafo, manchando el blanco de la hoja como si de un caligrama o arreglo floral se tratara. Como creador, se implica profundamente en el proceso y evita la obsesión por un único resultado final: el poema habrá de desvelarse en el momento apropiado; de esta manera involucra José Kozer al lector, lo invita a ser partícipe de un tiempo y un espacio distintos a los acostumbrados, nos atrapa con sus pausas, sus paréntesis que parecen levantarse del papel —de la literatura— para darnos en las narices con un pedazo de realidad; pausa, contemplación, silencio mental, alterado por un repentino fluir de versos que se precipitan para luego retomar la calma. La concentración en un detalle, un objeto, un sonido, y un todo a la vez: la armonía del mundo se presenta a los sentidos del aplicado arhat, la unión de contrarios que forma un todo indivisible:
“(…) que como bien
ha explicado Tu Fu no se
trata de arces ni almendros
en flor o de pinzones y
calandrias sino del Árbol
y del Ave donde, claro
está, Árbol es Ave, todo
a un mismo seno, a sima
indiferenciada.”
El camino de la iluminación no está exento de lo mundano, de lo primario, de lo eminentemente biológico. El ser humano no solo es mente, sino también cuerpo; sudor, miembros, hambre, orina, respiración. El poeta del mismo modo se compone de lo leído y de lo vivido, y José Kozer, poeta adelantado, no olvida beber de su propia experiencia:
“Me voy a sacar a partir de esta mañana
(las siete en el reloj
de pared, dale que
te pego, de la cocina)
el monasterio del
cuerpo(…)”
El tokonoma, bello en su desnudez, provisto de nada y de todo, decoración y contemplación, misterioso y cotidiano como este libro. Aquí lo sagrado, para encontrar su sentido completo, se despreocupa de sí mismo y se condimenta con altas dosis de ironía. La risa, la cizalla más eficaz contra las cadenas del ser:
“Wang Wei
piensa que el mundo, más que misterio, es
(como suele decirse
en chino de Pekín)
una verracada.”
Esther Giménez (Vallecas, Madrid, 1979). Estudió Filosofía Inglesa en la Universidad Complutense. Ha publicado los cuadernos de poesía Mar de Pafos (Premio Hiperión, 2000), Epitafios (Cuadernos del Vigía, 2001), Lamento por un ángel caído (Amargord, 2008), entre otros.
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