
La maladíe tuberculosa separa a Camus del sol, del mar y la playa; también de su juventud, pero lo interna en la lectura. Despierta su vocación. Encuentra “una nueva libertad” en los libros y así la enfermedad que podría matarlo le indica otro destino. La muerte lo esperará más adelante. Tercera pasajera en el automóvil deportivo, la muerte observa, tal vez, la guantera en donde reposan los manuscritos de esa autobiografía/novela vacilante e intensa que será El primer hombre.
Sobre las fuerzas de gravedad: Emil Cioran le dedica a Guido Ceronetti unas páginas en Ejercicios de admiración, pero su mirada se desliza hacia la joven estudiante que órbita al autor de El silencio del cuerpo (libro que supura): “una italiana de diecinueve años que Guido ha educado en parte y que hace dos años residió aquí varios meses. De una madurez de espíritu inusitada para su edad, reaccionaba a veces como una adolescente e incluso como una niña, y esa mezcla de agudeza genial y de ingenuidad hacía que no se la pudiera olvidar ni un solo instante. Penetraba en nuestra vida, era realmente una presencia —hada visitada por temores repentinos que aumentaba a la vez su desgracia y su encanto”.
El hipocondríaco es un gran narcisista. Pendiente de su cuerpo lo percibe en su realidad fragmentaria. Cada órgano se le hace consciente, se vuelve el primer plano de sus pensamientos. Su cuerpo se torna una descomposición cubista que late y supura, que se despliega en una mesa de disección, a cada paso. En ese proceso de taxidermia y angustia hace también suyo el cuerpo del otro. Incorpora dentro de sí patologías ajenas. Acervo macabro del que no hay retorno. Hay sin embargo otro cuerpo fragmentado. El que se desprende del conglomerado de órganos, para tornarse uno. Como aquél de cierta obesidad, que entre la fatiga y la ansiedad deviene una existencia masiva. El cuerpo entero convertido en una gran boca, que mediante el apetito insaciable fabrica un olvido del mundo y de sí.
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